lunes, 23 de abril de 2007
LA FELICIDAD EXISTE
Hace ya mucho tiempo lo traje aquí, al hilo de un hilo -acéptenme la redundancia, por favor- de Telémaco, un hilo brillante como en él se acostumbra, que se titulaba "Un hombre feliz". Fue, en aquella ocasión igual que va a serlo ahora, un cortar y pegar. Mis compañeros del viejo Dazibao habían tenido ya ocasión de leerlo.
Su sitio está, como el de uno de mis más felices recuerdos que es, dentro del cesto de las cerezas. Roja, menuda, brillante picota.
Lo acabo de rescatar. Mis compañeros del antiguo Dazibao, sobre todo Paco Delicado, Ceix y Explorador, si por aquí estuviera (¿donde se habrá metido nuestro niño perdido?) lo recordarán. Va, pues, para los demás y al hilo de esa brillante esquirla de felicidad que nos deja Telémaco:
... me traéis a la memoria una noche loca. Solo una. En la playa de Peñíscola. Vestida de fiesta, con unos tacones de palmo, una copa de cava entre los dedos. Un hombre a mi lado, armado con la botella de cava entera para celebrar que estábamos allí y estábamos vivos.
En aquel momento me inundó los ojos la luz de los fuegos artificiales que rompían la noche al otro extremo de la rada, desde el Castillo-Fortaleza que fuera de Pedro de Luna. Y me llegó el olor de la arena, y de la mar, que bullía y rebullía a nuestros pies, eufórica.
Fue entonces cuando, sin poder resistirlo, solté la copa entre las manos de mi acompañante, me quité el vestido, me descalcé y salí corriendo a zambullirme entre las olas. No sé si alguna vez sabré describir la sensación que me inundó, como si la pólvora, la luz, la mar y la arena, estuviesen dentro de mí, en lugar de estar fuera.
Por fin conseguí salir del agua, desnuda y con el peinado de fiesta deshecho y las greñas colgando sobre mis hombros. Mi acompañante me miraba, atónito, sin saber que hacer. En todo el tiempo que hacía que nos conocíamos, jamás me había conocido una conducta tan loca y mucho menos tan desinhibida. Teníamos que regresar al hotel, y cruzar la recepción, llena de gente. Imposible vestirme sin empapar la ropa...
Yo sé que fue una locura. Pero esa noche, en ese momento, fui feliz. Y así la recordaré toda mi vida. Fue la noche del 31 de Diciembre de 1999.
La felicidad existe. Los afortunados nos topamos con ella, de vez en cuando.
El original se escribió y depositó en El Café del Foro, el martes, 19 de Diciembre de 2006
ALEGRES VAMOS YA...
El caso, que corre como anécdota en la familia, es que llegó Diciembre, y con Diciembre empezaron los ensayos de los villancicos. Pandereta, zambomba... esas cosas. Así, se encontraban una mañana en la escuela, formando parte del coro de voces "blancas" que cantaban el villancico de turno, mi madre y una de mis tías. Mi madre siempre ha tenido una oreja pésima, siempre lo ha sabido, y siempre ha procurado que no se notase mucho. Mi tía, que tampoco entona ni ha entonado jamás en condiciones, tenía la misma voz de pito, aguda y chillona, que ha tenido el resto de su vida, y también el mismo desparpajo a la hora de utilizarla para aullar.
Con estos mimbres se encontraba trabajando la sor de turno, intentando pillar a las que más desafinaban, cuando atacaron el "Alegres vamos ya..." tradicional y dulce villancico que dice algo así como:
Alegres vamos ya
antes de que amanezca el nuevo día
que el Niño Dios nació
de la Santísima Virgen María
No más, no más sufrir,
dejad las penas ya,
que el Rey del Cielo viene a nosotros
a darnos Amor y Paz.
Bueno, sobre poco más o menos, asi iba la cosa. Y fue el sobre poco más o menos lo que la fastidió. Con toda la alegría de sus pulmones, mi tía la emprendió con el cuarto verso, convencida ella de que, donde dice "digo" decía "Diego". Y le cambió a María la Santidad por la Pureza. Tampoco era tan grave.
que el Niño Dios nació
de la Purísima Virgen María
... pero, hete aquí, que cuando ya aullaba la primera sílaba y su "Pu", vino a darse cuenta de que el resto de sus condiscípulas iban atacando un "San", visto lo cual, ni corta ni perezosa, abandonó la "pureza" -nunca mejor dicho- para pasarse a la "santidad" de golpe y sopetón. El resultado de la cosa vino a quedar, maomeno, así:
que el Niño Dios nació
de la Pu.... tísima Virgen María.
Mi madre se atragantó, mientras el oído de la monja, fino como el pelo de una araña (y aunque hubiera estado sorda como un teniente) pillaba al vuelo algo que lo ponía en estado de emergencia nacional. Y el Rey del Cielo estuvo a punto de venir a ellas a darles una somanta azotes y unos cuantos pellizcos.
¡Señoritas! ¡¿Que ha sido eso?! bramó indignada.
¿Eso? ¿Qu'e eso hermana? -le preguntaron las niñas, temiéndose que si alguna señalaba o se daba por aludida les iba a caer un paquete de hielo como aguinaldo.
La monja, incapaz de repetir la barbaridad que le había sido dado escuchar, y sin tener muy claro a quien se debía el hallazgo... optó por fruncir el ceño, callarse, y seguir, por si la cosa se repetía y cazaba a la hereje. La cosa, como es natural, no se repitió. Y tuvieron unas navidades en paz, acompañadas de sus correspondientes villancicos.
Pero, a lo largo de décadas, cuando la familia se reunía por Navidad y alguien empezaba con el "Alegres vamos ya", siempre hubo un alma caritativa que le decía a mi tía:
Santísima, Marina, Santísima... no le vaya a caer otro lamparón sobre la túnica.
El original se escribió y depositó en El Café del Foro, el viernes, 8 de Diciembre de 2006
MONDAY, MONDAY... DESVARÍOS.
Monday, monday... desvaríos.
24/05/04 Llueve sobre mi ciudad. Es una cascada abundante, persistente, que rebosa por todas partes, creando pequeñas lagunas. El hi-fi está también melancólico ésta mañana: la voz del Boss cruza Streets of Philadelphia, y me transporta bajo la misma lluvia que bate feroz al otro lado de las cristaleras. Billy Holliday, Kenny Rogers, Sade... voces acariciantes, aires de adiós. La mañana se llena de country, blues, boleros y fados. Hoy tengo alma de blues... “Don’t know why / there’s no sun up in the sky / stormy wheater... / since my man and I ain’t together / it’s rainning all the time...”
No quiero dejarme arrastrar por la melancolía. Hay otra forma de mirar la lluvia: dejarse empapar por ella, llenarse de vida. A fin de cuentas, el agua de la que hoy protestamos, es la misma que nos garantiza la subsistencia, la misma por cuya llegada gimotearemos cuando agosto nos seque hasta el forro de los pulmones. Ya la quisieran para sí muchos lugares de nuestro lastimado planeta. “¡Que asco de tiempo!”, “¡Que tiempo tan malo!”. Pero bondad o maldad no son conceptos aplicables al comportamiento de la naturaleza, sino a nuestra personal percepción. Todo cuanto nos incomoda es tildado de “malo” con pocos o ningún paliativo. Es malo todo aquello que no se adapta a nuestras necesidades, nuestros deseos, nuestras exigencias; malo todo cuanto contraría nuestro mejor saber o entender, que para eso somos los amos del planeta, los reyes del mambo.
Mientras tanto la lluvia es –menuda prenda- mala, malísima, y se atreve a mojarnos con total falta de respeto y prudencia, así que en cuanto caen cuatro gotas de agua crecen en nuestras ciudades los coches como en el campo las setas, y se organizan unos colapsos circulatorios de infarto. Como para una urgencia. Lógico: tenemos asumida la falta de calidad de nuestro terno, y nos tememos que encoja o se deforme al contacto con la primera húmeda molécula. Será que conocemos el paño, Yo he tenido hoy problemas para vestirme: las costuras me apretaban y, por contra, los zapatos me venían grandes. Seguro que ha sido la lluvia pertinaz del fin de semana. Ni buena, ni mala, como tantas otras, solo lluvia: aquí se pudría una raíz y allá se hinchaba una rama con un retoño nuevo. Hubo quien, con buen tiento, se colocó su impermeable y la observó caer, disfrutando de las ventajas y sin padecer los inconvenientes, otros sacaron el paraguas y algunos aguantaron a cuerpo gentil. Servidora se empapó y acabó arrugada y encogida. El paño no termina de volver a su ser... se ve que la calidad era inferior a lo que rezaba la etiqueta. Reclamaré al fabricante.
Bonnie Tyler arguye, con su garganta áspera: “It’s a heartache... nothing but a heartache”, pero yo juraría que la cosa no es tan simple, va mucho más allá, hasta el “Total eclipse of the heart...”, ah, el amor, el amor, el amor, el amor... como tengo la cabeza tal que un saltamontes, me brinca hasta colarse en la feísima Almudena –me pregunto si valdrá para los edificios eso de “la cara es espejo del alma”-, para escuchar la Primera a los Corintios, de mi detestado San Pablo, en la voz de la abuelísima de la recién estrenada Princesa de Asturias: “si no tengo amor, de nada me sirve”. El oficio hace creíble lo que está diciendo, o tal vez es que lo dice con convencimiento. Tiene que ser eso, porque cuando lo repite un rato después PaterRouco, ese Monseñor venido a más y revestido de soberbia, las palabras suenan absolutamente huecas, aunque no menos ciertas: “si no tengo amor, nada seré”. Monseñor Rouco tiene eco, es una botija decoradísima, pero vacía por dentro, así que retumba... retumba, retumba, retuuuuuumba, porompompón: La Nada. Malo. Hay pobres de solemnidad. Por suerte de eso me escapo, yo no tengo solemnidad ni siquiera para ser pobre, porque tengo de todo, aunque sea en cantidades ínfimas. Si eso no es riqueza ya me explicarán...
Es inútil. No hay color. El Hi-Fi no ayuda. Pasión Vega saca banderas al viento lisboeta... “poemas del aire vendrán hasta aquí /lejos de Lisboa y lejos de ti / amor recordado, tristeza sin fin / Lejos de Lisboa... y lejos de ti”. Que alguien cambie la música, por todos los cielos, antes de que llene los informes de manchas. Esto no puede ser y, además, es imposible. Desbarrar un lunes por la mañana es, a todas luces, excesivo. Así que, a grandes aguas, grandes remedios. Quemaré algo. Nada como el fuego para apagar el agua. ¿No? ¿Al revés? Por favor, reveses no, nada de reveses, el cupo está a tope. Podría tirar la toalla, que moja más de lo que seca. Claro que, bien mirado, hay una lucecita parpadeante que me dice alguna cosa. Leer morse se me da fatal, tantos puntos, tantas rayas... veamos: G – L – O – R – I – A. ¡Vaya! ¡Ya lo tengo! Esa era una película, de... ?, la novia de un gangster, pero yo no tengo pinta ni de novia de gangster, ni de ?, ni de Sharon Stone...
No. No es malo que llueva de vez en cuando, pero como no pare pronto tendré que vivir dentro de un vaso. Si ha de ser así, me apunto a la del impresentable Hannover: preferiblemente whisky, que conserva mejor. La lucecita roja sigue, dale que te pego: bapuuuu, bapuuuu... la sirena de un barco, Pepito Grillo: “Gloria, saltas en el aire... te quiero Gloriaaaaa”. Ya lo tengo, ahora sí que sí: ¡el Faro de Alejandría! ¡Lo sé porque al ladito está la Biblioteca! ¡Estamos salvados! ¡Oh, Capitán, mi Capitán, terminó la espantosa travesía...!
Creo que tengo que dejar de beber agua, está visto que el agua sin aditivos me provoca delirium tremens... absolutamente tremens, y absolutamente deliriums. No veo cabezas jibarizadas, -¿será que esas solo se ven bajo Capricornio?- pero siento como si hubiesen jibarizado la mía. Soy el loro de Long John Silver. “Cinco hombres hay en el cofre del muerto.... Ho, ho, ho,.... y diez barricas de ron”. En cinco minutos voy a salir volando por la ventana... antes de que me guisen en la Posada de Jamaica.
It’s overload... oh, yeah...!
El original se escribió y depositó en El Café del Foro, el martes, 5 de Diciembre de 2006 (recuperando, a su vez, un 24 de Mayo de 2004)
domingo, 22 de abril de 2007
(De unos buenos días...
...escondidos en el fondo del baúl)
Prrrrrriiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiinnnnnnnnnnngggggggggggggg!
Desde la inconsciencia casi absoluta, largo un izquierdazo al despertador. Bostezo. Desenredo las pestañas que trencé anoche con capsulitas vestidas de atleti. Estiro los dedos de los pies, uno a uno. Me estiro toda yo, de lado a lado de la cama (no hay peligro de que me caiga) y toco la piel de papel de mi amante nocturno: la hilera de libros que, prolijamente alineada a mi diestra, duermen conmigo el sueño del narcótico. Saco por fin los pies de la cama, para plantarlos, descalzos, sobre las baldosas. Pasillo. Comedor. Cocina. Café. Comedor. Pasillo. Baño. De momento no necesito luz, puedo apañarme a tientas. Abro el grifo de la ducha y dejo que el agua caliente me empape de la cabeza a los pies. Canturreo: Champú de huevo, champú de huevo..., con toda la cabeza llena de espuma, de repente me salta el chip, y Sabina me sube a la garganta: Lo que yo quiero, corazón cobarde, es que mueras por mí... y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres... porque el amor cuando no muere, mata... porque amores que matan nunca mueren... Malditos cobardes, cobardes malditos. Me aclaro bien el jabón, maldito jabón que me está haciendo llorar ya, tan temprano. Dos hipidos y medio, las lágrimas se confunden con el agua de la ducha. Cierro el grifo. Ahora sí. Ahora toca encender la luz. ¡Vaya careto, hermana! le digo a la tipa del espejo. Me envuelvo en el albornoz. A ver como arreglo ahora esta maraña de rizos empapados, esto no tiene remedio. Después de pelearme con la espuma, el secador, la crema hidratante, los cosméticos -salud de bote- y enfundarme debajo de diversas prendas, parece que estoy ya lista para enfrentarme al mundo exterior. Un último vistazo al espejo dice que, por lo menos, voy aseada, correcta y presentable. Un momento: las gafas, a ver si voy a dejármelas otra vez en casa... Preparados. Listos. Ya: Pasillo. Comedor. Recibidor. Cuidado con el ruido de la puerta. Descansillo... ¿Ascensor? ¡Ni hablar!. Bajar tres pisos no merece un viaje en ascensor. Trote corto. ¿Autobús?. No. La noche está limpia y me apetece ir viendo clarear el día mientras camino. Taptaptaptap... los tacones resuenan sobre las baldosas de la acera. Hojas muertas, baldosines de carrés cuadrados como chocolatinas, alternados con baldosines de relieves a topos, como batas de lunares. Taptaptaptap... en el silencio de las siete menos cuarto los tacones parecen campanadas, campanades a mort... ¡vaya, me ha dado un repente fúnebre! cerrojazo a los pensamientos necios. Hacia el este un hilo rojo sobre el horizonte anuncia el sol, que sube. Taptaptaptap... restos de paquetes de cigarrillos, hileras de contenedores de basura, baches, desgarrones en el suelo, tres baldosas levantadas, asfalto y mugre. La marquesina del autobús me explica que alguien compra muy barato en el aniversario de nosequecentrocomercial. Taptaptaptap. El autobús me rebasa por la izquierda, con su carga humana. No importa, realmente, hoy no me sentía con ganas de ejercer de borrego. Taptaptaptap. Una escuadrilla de basureros pasa, con sus carritos, armados con escobones, también por mi flanco izquierdo. Alcanzo la verja azul de mi prisión. Taptaptaptap... este reloj ya no hace ¡clonc!. Hoy todo lleva código de barras. Yo también llevo código de barras, como los paquetes de arroz del super. El relojito fluorescente dice que son las siete y doce minutos. El personal del almacén bosteza unos buenos días, medio adormilados todavía. Escalera de caracol arriba, enciendo las luces, cambio la fecha en el calendario, le doy al botoncito del PC... buenos días, todos los sistemas han caído. Hoy no me puedo levantaaaaarrr... tengo la cabeza para reventaaaaar... to da la no che sin dor miiiiiiiir... el chino de dentro de la cajita se ha caído. Escalera de caracol abajo. Taptaptaptap. Desde el almacén, Antonio levanta la cabeza y mira hacia las escaleras. Hoy te jodes, mamón, que llevo pantalones... taptaptaptap.... escaleras arriba otra vez, hasta la cantina. Jose me mira: temprano apareces, linda. Y me planta delante el café, solo, sin azúcar, amargoamargo... aaaaaaaaaaaaaaahhhh, ¡esto es vida!
Buenos días. Si hoy es viernes, esto es Torrejón, ciudad sin ley. 21 de Noviembre. Y yo sigo tan loca como siempre.
¿Y el desayuno? ¿Hoy no toca?
Crunch... m'acabo de saltar un diente de leche.
sábado, 21 de abril de 2007
DESAYUNO ESTRESAO
Desintoxiquemos el espíritu de tristezas. Es Diciembre, llega la navidad y yo necesito una buena dosis de risa para afrontar la que está por caer.
Acabo de toparme, mientras buscaba documentos en el ordenador, con esta cereza. Es una cereza de no hace demasiado tiempo, tal vez dos o tres años, si calculo por los detalles de lo que leo. De hecho, el huesecillo andará en algún rincón del café. Pero, como ya dije, buena parte de lo que hay en el cesto son recopilaciones, cosas sueltas que no quiero que se me pierdan porque me gusta mirarlas de vez en cuando, a medida que el tiempo las va colocando en otra perspectiva. Cosas que en algún momento sentí, recordé y -tal vez- vine a contarles.
DESAYUNO ESTRESAO
Disculpen la tardanza, pero anoche tuve movida en casa. La marimorena se armó.
La cosa empezó sobre la una de la madrugada. Yo estaba tan tranquilita en mi cama, charlando mano a mano con mis musas acerca de unos versitos que teníamos a medias, cuando empezó el concierto de ladridos cuatro pisos más abajo, a nivel de calle.
Mis musas son muy pijoteras. El ruido molesta sus delicados oídos y acostumbran a poner morros. Pero yo estuve un buen rato tratando de convencerlas para que se quedasen. Tres cuartos de hora después, ladraban todos los perros del vecindario, mi hijo juraba en arameo sin haber aprendido lenguas muertas, mi madre rezongaba misas en latin, mis perros gruñían y las musas habían decidido largarse al Parnaso, o al Karakorum ese... que nunca sé bien donde está.
En vista de la tesitura, y de que no se oía a ningún vecino protestar por el jolgorio, me asomé a la terraza. Los concertistas eran dos caniches de talla bastante ridícula, a los que su amo había dejado sujetos a la verja del parquecillo que tengo enfrente, para dedicarse el muy mamonazo a tomarse unos "algos" en el bareto infame que hay debajo de mi casa.
Ni corta ni perezosa (bueno, corta sí, pero eso es otra historia), me puse algo de ropa encima, cogí las llaves y me dispuse a enfilar hacia la puerta hecha una fiera.
Y ahí fue donde se lió. Mi hijo me llamó kamikaze enana (o viceversa, ya no me acuerdo), mi madre me llamo cabra iluminá (tentada estuve de decirle que de raza le viene a la cabra), mis perros se dedicaron a morderme los tobillos... un festival, vamos.
-Bueno ¿y que se supone que tengo que hacer? ¿que os creeis, que me voy a liar a hostias con el amo? ¡Solo voy a pedirle que haga algo!
-Eso va a hacer -me espetó mi hijo- va a hacer algo: partirte la cara, so chalá...
-¿Como me va a partir la cara si le pido por favor que tranquilice a sus perros, que son las dos y no hay Cristo que descanse?
-Tía (nunca sé porqué mi hijo me llama tía, si yo no tengo hermanas)... ¿tú te has fijao bien en ese bar?
-Pues no, sobrino, yo no acostumbro a fijarme en los bares, y ese parece bastante mugriento.
-Pues eso, tronca... ¡que no es sitio para que te metas, y menos así vestida! eres una madre inconsciente y pirada...
-Oye niño, a mí no me faltes al respeto.
-Oye tú. De esta casa no sales para ir a ninguna parte.
-¡Será posible! ¿y que coño quieres que haga? ¿me tengo que dejar pisotear solo porque soy chiquita?
-¡Te aguantas! ¡Llama a la poli y que vengan ellos!
-Pues ahora mismo...
-¡Quita ya... ! ¿Crees que te van a hacer caso?
-Pues claro, soy una ciudadana decente y pago mis impuestos.
-Juas, juas, juas... no te digo lo que eres, que eres mi madre.
A todo esto, cogió él el teléfono, llamó a la policía, me soltó un sermón de diez pares de narices y me largó para mi cuarto.
La policía no vino, claro. A las tres y media de la mañana, el individuo recogió sus perros, se largó a su casa a dormir la mona y santas pascuas.
Mis musas aún no han vuelto. Y yo tengo complejo de adolescente. ¡Tenga usted hijos para esto!
Bfmmmfff...
En fin.... a pesar de todo les he traído el café, las tostadas, la bollería, las mermeladas, el pan con aceite, tomate y jamón, los molletes (a ver si aparece el Sir de una puñetera vez y se encarga él de eso y del anís), los yogures, kefires, zumos... ¿me dejo algo? ¡Ah! ¡Sí! el Bloody Mary para el señor letrado, que vendrá resacoso, y un zumo de naranjas amargas para el jodío de Abraham... que vendrá protestando.
Las servilletas las pongan ustedes. Y hagan el favor de recoger luego la mesa, que no se quede todo hecho una guarrería...
Bueeeeeeeeeeenos días!
El original se escribió y depositó en El Café del Foro, el martes, 5 de Diciembre de 2006 (arrastrando, a su vez, un original veraniego de varios años antes).
MANOS DE OTOÑO
Me apasiona el otoño pero, en cuanto Octubre media, todos los nubarrones aparecen en mi cielo despejado. El gris ya no se aparta completamente de mi vera hasta que la Navidad, sus fiestas familiares, sus reuniones y sus brindis se apagan, ya en Enero, en plena cuesta abajo del bolsillo.
Lo cual equivale a admitir que mi estación preferida del año se ha visto reconvertida en mi viacrucis particular, que sobrellevo, como cada quien hace con los suyos, a base de recitarme mantras y darles manotazos a las telarañas, contándome cuentos chinos.
No pierdo la esperanza de que, con el tiempo, llegue un olvido tierno como una manta de viaje, que acaricie y que tape los desconchones que le salieron a mi otoño. Con el tiempo, tal vez, el otoño recupere la magia que antes tuvo. Pero, entre esperanzas y desesperanzas, siempre en otoño recuerdo aquellas manos:
Era en otoño, cuando los días se acortan y las sombras se estiran, cuando asomaban las mangas de los jerseys, y empezaban a desenrollarse las bufandas de colores, cuando paseabas sobre un crocante de hojas pardas, que crepitaban bajo los pies en una agonía rojiza, a veces húmeda de lluvia. Septiembre era el mes de mi compañero, Octubre el de mi padre y el de mi tío, Noviembre el de la abuela Alicia. Decir otoño es traerlos a los cuatro a la memoria: pausados, acomodados en sus respectivos sillones, siempre con una historia por contar, por compartir, sus manos ante mis ojos gesticulan, sostienen libros, colocan viejos vinilos negros sobre un pick-up más viejo, aun, si cabe. Manos. Tan parecidas y tan distintas...
No recuerdo las manos de mi abuela trasteando en la cocina. Nunca tuvo fama de buena cocinera, sino más bien de todo lo contrario... esa es una de las cosas que debo haber heredado de ella, la capacidad de conseguir que un arroz abanda sepa igual que una fideuá, y que resulte igual de incomible que el más insulso engrudo de salvado. Sin embargo, aquellas manos nunca estaban quietas: la abuela iba enganchada, a todas horas, a su crochet. Del bolsillo de su delantal surgía la hebra de hilo delgado para, enredada en sus meñiques, circular bajo sus palmas y trazar caminos inescrutables prendida en el abrazo del ganchillo. Nunca miraba. Eran las yemas de sus dedos regordetes las que, como pequeños duendes, iban buscando el lugar preciso en que hundir la cabeza y atar el lazo. Y así, tardes y tardes, mañanas y mañanas, salían de aquellas manos finísimos y delicados cuadros que, a su vez, formaban parte de un todo: vestidos y abrigos, braguitas, calcetinillos minúsculos -¿cuántos habré llevado tejidos por esos dedos?- la cenefa de un mantel, el embozo de unas sábanas, colchas... ajuares imposibles para sus hijas -dos se le quedaron solteras-, para sus nietas. Y su voz, tejiendo el anteayer con el ayer, y cadeneta para salvar el vacío y engancharlo al ¿hoy?. Se fue. He olvidado ya la voz de mi abuela.
Las manos de mi padre. Las mismas manos. Manos sosteniendo libros, periódicos. Manos tallando delicadamente la madera, armando buques embotellados, hilvanando velámenes e izándolos sobre jarcias minúsculas. Manos reparadoras, curando tuberías, apañando desperfectos, meticulosas y pacientes manos de relojero frustrado. Manos caricia. Recias en su ternura, tiernas en su dureza. Manos oxímoron. Y su voz, su voz contando cuentos y preguntando, y aconsejando. Se fue. He olvidado ya la voz de mi padre.
Las manos de mi tío. Blancas manos idénticas a otras manos. Manos de escribiente, ambivalentes, inteligentes manos con los dedos teñidos de añil, manos cuidando plumas-fuente, trabando crucigramas, acariciando los cristales de las gafas, hasta dejarlos impolutos en sus austeros marcos, negros o de concha. Manos en los bordes de los vinilos, casi sacramentales ¡cuidado, cuidado...! manos limpias, guiando sobre las viejas enciclopedias, deshojando fotografías sepia. Y su voz, su voz explicando la Ruta de la Seda, repasando las lecciones, dando significado y sentido a los números, a las letras, su voz algo desencantada. Se fue. He olvidado la voz de mi tío.
Y las manos de EL. Las suyas, manos pequeñas de dedos afilados. Manos organizadas, cuidadosas, pulcras. Huesudas manos tibias, abrazadas a mis manos, manos con ilusiones rotas de pianista, cultivadas manos sabias, acariciadoras, despiertas, lúcidas manos abriendo puertas y ventanas. Esas, que un día la enfermedad convirtió en garras, en baquetas cansadas de repiquetear pidiendo auxilio: he perdido las fuerzas para leer, para escuchar, para vivir. Y su voz. Su voz triste, tengo que irme y no quiero. Se fue. No, no, aun no olvido su voz. Intento desesperadamente guardarla presa dentro de mis oídos.
Miro mis manos. Son las manos de mi gente, las mismas manos... o cada vez lo son más. Manos de otoño, romas, de dedos cortos, de uñas anchas con surcos y relieves verticales, que se van aplanando con el tiempo, a medida que pasan los años, hasta que un día, cuando mi propio invierno haya llegado, se vuelvan cóncavas donde fueron convexas. Cada vez son más las manos de mi padre, de mi abuela, las que veo ante mí. Menudas, ágiles manos que cabalgan las teclas al trote largo, manos que escriben, manos que se afanan, manos que intentan soltar amarras, olvidarse de sí mismas, manos de otoño cálido tratando de encontrar abrigo ante el invierno.
Y mi voz. Cada día más oscura, hija de aquellas voces que se fueron hundiendo en el olvido. Todas aquellas voces que ya no hablan, y ni siquiera crujen, rotas y húmedas, como las hojas muertas de Noviembre.
El original se escribió y depositó en El Café del Foro, el viernes, 10 de Noviembre de 2006
AMORES NIÑOS
El instituto, mi instituto, se alzaba entonces -como hoy, aunque ha cambiado la gente que lo habita- en el corazón del parque de la Ciudadela, en Barcelona, frente a la Plaça de l'Ou, ovoide, como su propio nombre indica. Al otro lado se alza el edificio del Parlamento, como en tiempos de la República, pero cuando yo estudiaba lo que se alzaba era el Museo de Arte Moderno.
En el corazón de la plazoleta, rodeada de setos, hay un estanque, oval también, y en el corazón del estanque una estatua blanca, de una mujer desnuda, semi-yacente, que derrama sus cabellos de tal modo que le cubren el rostro. La estatua blanca es obra de Josep Llimona y se llama "El desconsòl", el desconsuelo.
Muchas horas pasé en aquella plazoleta: recreos, idas o venidas, incluso algunos domingos paseando por el parque me recogí al abrigo de sus paredes de hojas. Y tanto como las risas y los juegos, amparó alguna vez mi propio desconsuelo.
El edificio del instituto lo construyó, a mediados del s. XVIII, el ingeniero Jorge Prosper de Verboom y fue el palacio del Gobernador de la Ciudadela. Más tarde fue cuartel de Bomberos, y ya en tiempos de la Primera República lo reconvirtieron en l'Institut Escola de la Generalitat Republicana y después, en la posguerra, en instituto femenino de enseñanza media. A su lado se levanta la capilla castrense, que imagino que seguirá todavía en uso. En tiempos fue la capilla del instituto, pero después de la guerra nunca volvió a serlo.
Concebido como residencia de un gobernador militar, el edificio envolvía un gran patio interior. El edificio principal, en el centro de la fachada, tenía tres plantas y lo que nosotras llamábamos un "palomar", que no eran otra cosa que las buhardillas donde se debió alojar el servicio. la fachada continuaba a ambos lados, algo más baja, y se abría hacia atrás en "U" para, a la mitad de ambas ramas laterales, descender todavía un piso más y cerrarse, al fondo del patio, en una línea recta, baja y arriconada contra los setos.
Precisamente allí estaban situadas el aula de música a un extremo, y el aula de dibujo al otro. Las ventanas, enrejadas, daban a una minúscula calleja de tierra, semioculta tras los setos que la separaban del parque. Y allí, en aquellas ventanas, los mozalbetes se colaban más de una tarde y más de dos, a enredar con las muchachas.
Nuestro profesor de dibujo era un hombre mayor, canoso, andaluz, de quien desgraciadamente no recuerdo el nombre. No era nada severo, y supongo que entendía que a nuestra edad se tuviera la cabeza a pájaros. El aula de estudio, propiamente dicha, se abría al patio, y el aula de dibujo solo tenía acceso desde esta.
Recuerdo algunas tardes tibias, por alguna extraña razón sin clase, en la que mis compañeras acercaban el pequeño tocadiscos -pickup- del aula de música y ponían discos. El sol se colaba entre los barrotes, igual que las palabras de los chiquillos. Un pequeño guirigay de murmullos tiernos, como de tórtolas, y de rubores chiquitos. Todavía, en aquel entonces, nos ruborizábamos. Ahora ya no sé si a las niñas les suben los colores, con once o doce, o trece años, si les dicen ternuras. Tal vez ya no, aunque probablemente sí. Ojalá. Porque era hermoso el espectáculo.
No. No me miren esperando algo. A mí no me rondaba ningún niño. Ya han visto las fotos y Pedritus lo ha dicho con sinceridad. Era un coquito. No se le hubiera ocurrido a nadie. Pero soñar también soñaba, que nadie se lo impide a las chiquillas feas. Y me podían unos ojitos verdes y un flequillo pelirrojo aunque le viera charlar con la mitad de la clase sin darse cuenta siquiera de que yo estaba allí. ¡Que más daba eso! Enamorarse, por chiquito que sea el amor, no es algo que necesite devolución. Como en los partidos de balonmano, que me dejasen jugar ya era una victoria, si encima hubiese ganado... habría sido el colmo.
Hoy todavía recuerdo aquella luz dorada desparramándose entre los huecos, bañando la habitación en penumbra donde latían amores niños. Y el pequeño vinilo dando vueltas en el pickup... "Sealed with a kiss".
El original se escribió y depositó en El Café del Foro, el miércoles, 13 de Septiembre de 2006